Un nuevo tejido social, más participativo, más descentralizado
Todo proyecto en clave de utopía y de valores solidarios supone un no rotundo al tipo de tejido social polarizado, dualizado, incomunicado que hemos tenido ocasión de comprobar en esta Región de Murcia todos los días. Conviene decirlo con claridad, la opción por un tejido social plenamente solidario supone, en cierta medida, una ruptura con el modelo social y político actual. Deberá irse hacia formas de participación muy de base, a formas de descentralización, de desjerarquización, en donde las relaciones verticales dejen de existir para dar paso a relaciones plenamente horizontales. Tal proyecto debe incluir formas de convivencia mucho más autosuficientes que las actuales, en el terreno cultural, de servicios sociales, incluso en algunos ámbitos de la producción.
Esto, desde luego, no va a ser nada fácil, porque se enfrenta a nuestras inercias, a nuestra cultura de la pasividad y de la despersonalización. Será difícil para los mismos partidos e instituciones políticas tan anclados en los valores jerárquicos propios de la vieja sociedad industrial. Será difícil para los sujetos históricos clásicos, algunos de ellos anclados, también, en reivindicaciones propias de una sociedad y de una problemática cultural que ya no es ni será lo que ha sido hasta ahora.
Todo proyecto en clave de utopía y de valores solidarios supone un no rotundo al tipo de tejido social polarizado, dualizado, incomunicado que hemos tenido ocasión de comprobar en esta Región de Murcia todos los días. Conviene decirlo con claridad, la opción por un tejido social plenamente solidario supone, en cierta medida, una ruptura con el modelo social y político actual. Deberá irse hacia formas de participación muy de base, a formas de descentralización, de desjerarquización, en donde las relaciones verticales dejen de existir para dar paso a relaciones plenamente horizontales. Tal proyecto debe incluir formas de convivencia mucho más autosuficientes que las actuales, en el terreno cultural, de servicios sociales, incluso en algunos ámbitos de la producción.
Esto, desde luego, no va a ser nada fácil, porque se enfrenta a nuestras inercias, a nuestra cultura de la pasividad y de la despersonalización. Será difícil para los mismos partidos e instituciones políticas tan anclados en los valores jerárquicos propios de la vieja sociedad industrial. Será difícil para los sujetos históricos clásicos, algunos de ellos anclados, también, en reivindicaciones propias de una sociedad y de una problemática cultural que ya no es ni será lo que ha sido hasta ahora.
Un desafío más en clave de utopía, al que, por suerte, son ampliamente sensibles algunos de los nuevos movimientos sociales. Urgente responsabilidad, por tanto, para nuestros partidos políticos de izquierda, demasiado preocupados, a veces, por definir su propia identidad, pero con escasa referencia a los nuevos problemas.